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Un hombre desnudo
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yorugua
Amics


Unido: 07-08-2007
Ubicación:  
Anuncios: 1670
Status:  Online
Maná: 
 Publicado: 28-01-2008 23:34
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Un hombre desnudo

Cuando a Tomás finalmente le remataron la vieja casa de la familia en
Malvín, pensó seriamente en el suicidio.
Definitivamente, ese fue el peor día de su vida. Peor aún que el del
lanzamiento judicial. Peor que el día del despido, cuando con la
cabeza gacha recorrió esos últimos metros entre el tarjetero y la
puerta de entrada, entre compañeros que se hacían los pelotudos
mirando para cualquier lado con tal de no enfrentarle los ojos. Una
palmada en el hombro de Giménez, veloz y somera como una brisa de
verano y la luz deslumbrante que apenas podían contener las hojas de
los plátanos de la calle Yaguarón en su primer mañana como
desocupado.

Fue al remate. Sara le pidió por favor que evitara darle ese sorbo a
la amarga copa de veneno que la vida le servía, pero fue de todos
modos. No ir hubiera sido una inadmisible claudicación.
Ver como unos tipos con caras de abogados felicitaban y palmeaban en
la espalda a un gordito con aspecto perverso de especulador, que
había ganado la puja, decididamente le retorció el hígado. Salió de
la que había sido la casa de sus abuelos y sus padres, donde habían
transcurrido los más felices días de la infancia deseando que el
tiempo fuera un ocho por el que caminando y caminando hacia delante
se pudiera volver atrás.
"Montevideo era verde y con tranvías" recitó de memoria recordando
que en esa parte de Avenida Italia hubo plátanos antes del ensanche.
Deseo que el boliche de la Viuda no hubiera sido cerrado y demolido,
para poder tomarse una al pie del mostrador brindando con nadie por
los tiempos finiquitados. Sin nada que hacer y sin el alivio que
esperaba al saber que estaba firmemente parado en el fondo del pozo,
caminó con pasos anodinos hasta El Volcán, otro boliche viejo pero
mucho menos que el fenecido café de La Viuda.
Pidió un Espinillar y después otro mirando el tránsito deslizarse
perezoso por Avenida Italia. En el colmo de la indefensión, extrañó
los trolleys. Pidió la cuenta antes de que la nostalgia se le
volviera totalmente incontrolable. Cuatro veteranos que jugaban al
truco en una mesa del rincón más otro que orejeaba de afuera a través
de la ventana con el termo firme bajo el brazo y el pucho en la
comisura de los labios, le miraban con disimulada preocupación.
Recién ahí se dio cuenta de que estaba llorando.
Fue al baño, se lavó la cara y como no encontró con que secarse,
simplemente se pasó las manos sucesivamente por el rostro y el pelo.
Era su viejo truco para salir a la vez seco y peinado. Su mujer lo
denominaba "hacer el gato". Salió del baño y se encaminó directamente
a la puerta. Cruzó la avenida y cuando se perdió tras el tránsito,
para los veteranos que jugaban, pasó a ser sólo un fantasma más en la
cuidad. Dos minutos después tomaba el 64 hacia el centro.

Lo echaron de varias pensiones, una, dos tres veces y cada vez
pareció que era el segundo peor día de su vida. En una se le quedaron
con buena parte de las pocas pertenencias rescatadas del naufragio.
Sus hijos, uno en España y el menor en Chile, trataban de ayudarlos
con lo poco que podían, pero algunas veces, eso era bastante menos
que lo necesario. Un par de veces, le tentaron para que se fuera con
ellos, sobre todo Joaquín, el de España. Siempre declinó de la
oferta. A pocos años de la edad jubilatoria, se sentía mucho más
proclive a los finales que a los comienzos.

Mientras vivió en la pensión de la calle Vázquez, dio algunas clases
particulares de matemáticas y de redacción comercial. Cuando tuvo que
irse para la de Uruguay y Magallanes, ya no pudo dar clases. La dueña
no lo permitía y cuando lo sorprendió en la pieza con dos chiquilines
de trece y catorce años a los que les estaba enseñando sus primeros
pasos con las ecuaciones de primer grado, le armó un escándalo tan
grande, que ni siquiera se atrevió a reclamar el dinero por las horas
de clase ya dadas. Ese día también fue muy jodido. Estuvo a punto de
estrangular a la vieja de mierda que decía que su casa no era una
escuela y que si la impositiva lo veía dando clases capaz que le
cobraban a ella más impuestos y que se ha creído degenerado, con dos
criaturas en una pieza, que fíjese si su mujer no está quien va a
controlar lo que usted hace con ellos, todo seguido de una
interminable cantinela de argumentos dispares.
Sintió que le sudaban las manos, que querían agarrotarse y agarrar
del pescuezo a la vieja esa hasta que sacara la lengua y la lengua se
le pusiera morada y los ojos vidriosos y el pulso definitivamente
detenido para siempre jamás, amén. En lugar de eso ayudó a los
chiquilines asombrados y tan asustados como divertidos por la
situación, a juntar sus cuadernos y libros. Les acompañó hasta la
puerta seguidos los tres por la granizada verbal de la patrona y les
dijo que lo sentía, que no podía darles más clases y que no le debían
nada. Luego salió a la calle y fue hasta el boliche de la esquina a
hacer algo de tiempo hasta que amainara a tempestad. Tenía como para
dos grapas y las hizo durar.
Para cuando recordó que había dejado la puerta de la pieza abierta,
ya era demasiado tarde. El reloj que tenía sobre la mesa de estudio,
así como los lentes de sol y tres o cuatro pertenencias ínfimas,
habían desaparecido. Dudó entre denunciarle a la patrona su pérdida o
no y se decidió por la segunda opción. De lo contrario hubiera tenido
que aguantar otra perorata y además, hubiera sido completamente
inútil. En esos lugares nunca nadie sabe nada. Más tarde descubrió
que también le habían birlado la máquina de escribir portátil. Adiós
posibles clases de mecanografía, otro de los rebusques que había
considerado posible.

Pasó un año entero desde la nefasta mañana del remate. Durante su
transcurso, eventualmente las cosas parecieron estabilizarse en el
nivel mínimo de subsistencia. Tomás consiguió trabajo como sereno en
un garaje y por la mañana daba algunas clases de ofimática en una
academia de barrio. Sara por su parte cuidaba un par de criaturas
bastante insoportables entre las cinco y media, cuando salían del
Elbio donde las iba a buscar y las nueve de la noche, momento en que
la mamá de los animalitos volvía bastante agobiada del trabajo. Le
pagaban poco, pero aún ese poco alcanzaba para pagar la pensión.
Todavía tenían incontables deudas pero las iban pagando pesito a
pesito. Muchas veces, toda la comida del día consistía en pan y mate
dulce. O pan solo si se les acababa la garrafa. La pensión de Uruguay
y Magallanes quedó atrás y se mudaron a otra algo más prolija cuya
dueña era infinitamente menos insufrible que la de la anterior y la
encargada, quien habitualmente estaba al frente del lugar, un
verdadero tesoro, que más de una vez, con gesto cómplice, les arrimó
algún bizcocho o una ollita de guiso si veía que las cosas andaban
mal. Parafraseando a San Pablo, tenían alimento y techo. Con eso
estaban satisfechos.

Una tarde bastante fría de principios del otoño, de esas en que todo
Montevideo parece tapizado con las hojas muertas de los plátanos que
todo niño junta para llevar a la escuela y hacer su correspondiente y
consabida composición sobre el otoño, Tomás apreció en la pieza con
una máquina de escribir portátil. No era la suya que nunca recuperó,
sino una que consiguió en oferta en un negocio de la calle Tristán
Narvaja. Era vieja, buena parte de las teclas estaban ilegibles y
la "r" debía ser apretada con respetable violencia si se quería tener
un resultado visible sobre el papel.
Sara le miró con gesto interrogativo. Tomás simplemente le dijo que
se aburría demasiado en las largas noches del garaje y pensaba
escribir algún cuento para distraerse. Además, le confesó, me salió
seiscientos pesos, no es tanto, pero comprrala me dio la sensación de
volver a recuperar algo de lo que hemos perdido, es como volver a
empezar, no se explicártelo mejor.

-Si querés la devuelvo, el tipo me dijo que cualquier problema que
tuviera se la llevara y la "r" no se ve muy bien a menos que le
pegues con un fierro, o algo así,- le dijo a Sara tramposo, sabiendo
desde ya cual sería la respuesta de su compañera.-

-No, no la devuelvas, por mi está bien, seiscientos pesos no nos van
a cambiar la vida, en cambio, escribir puede ser una distracción para
vos.- contestó ella, tal cual lo esperaba su marido.

-¿No querés que cuando junte unos pesitos más te compre una tele?,
una chiquita para que te distraiga.-

-No, si ni miro cuando estoy en casa de Micaela. Se las dejo a los
chiquilines para que se entretengan después de hacer los deberes y yo
me pongo a leer algún libro. Es raro, cuando estábamos bien no podía
pasar una hora con la tele apagada y ahora, ni me va ni me viene, más
bien al contrario. Me parece... que se yo, estridente. Prefiero la
radio.-

Esa noche se llevó la máquina al garaje, junto con un fajito de hojas
oficio. Cuando el último cliente terminó de atravesar la puerta a eso
de las doce y media, se sentó ante ella, colocó la hoja en blanco y
se puso a escribir.

Todos los días escribía cinco o seis páginas. Llegó a escribir 12
durante una noche particularmente inspirada. Escribía lo que se le
ocurría en el momento, sin disciplina ni planificación. Cuentos,
crónicas de barrio, recuerdos, reflexiones y algún poema que estaba
muy pero muy en deuda con Neruda o Vallejo. Cuando llegaba a casa a
eso de las seis y media, y aún antes de desayunar, guardaba lo
escrito en una carpeta que ponía debajo del colchón. Sara había
conseguido trabajo en un salón de belleza hasta las cinco de la
tarde. Por primera vez en casi dos años, no les faltaba comida ni gas
donde calentarla.

No se veían mucho, excepto los fines de semana, cuando solían caminar
por las viejas calles del Barrio Sur, o dar un largo paseo por la
Rambla, o en una de esas, ir hasta el Parque Rodó donde se sentaban
en el césped y merendaban como dos enamorados. En verano, llegaban
hasta el Faro de Punta Carretas, se sentaban en el muelle y se
quedaban de la mano a mirar ponerse el sol.

A través de Internet, Joaquín les preguntaba ocasionalmente porque no
dejaban la pensión y se alquilaban una casita ahora que las cosas
habían mejorado.

Ellos nunca supieron exactamente la razón para negarse. No se la
podían explicar siquiera a si mismos, mucho menos a su hijo. Una
tardecita de febrero, sentados en la escollera, él con una caña de
pescar, ella cebando mates pacientes, tocaron el tema.

-¿Vos querés alquilar una casa Sarita?-

-No, no, de ninguna manera ¿Para qué si así estamos bien?-

-Pero podrías tener un jardín, tu propio baño, una cocina decente, yo
que se... un lugar donde recibir gente.-

-¿Para recibir a quienes? ¿A esos amigos tuyos que cuando nos fue mal
desaparecieron? ¿A esas amigas que no me consiguieron un trabajo ni
de sirvienta?-

Tomás se quedó pensando. La abrazó, la miró y la volvió a abrazar, la
besó como cuando eran novios. Recogió y volvió a tirar. En un tacho
amarillo, dos corvinitas y una roncadera devolvían la luz del sol que
menguaba y enrojecía en su tránsito hacia el horizonte. Esa noche
irían a parar a la sartén.

Compraron un tinto embotellado en el 24 horas de Maldonado y
Michelini y mientras cenaban ese sábado sentados frente a frente en
una mesa que tres años atrás les hubiera avergonzado tener en la
cocina, tomaron plena conciencia de la felicidad. Hicieron el amor
con verdadero amor por primera vez quien sabe si en veinte años.

En Julio, Tomás mandó su primer novela a un concurso literario en
España.

Tenía un fuerte tinte autobiográfico y hablaba de la felicidad de que
las cosas no sean las dueñas de uno, sino al contrario.

Ganó y ganó por goleada. El jurado unánime le dio el primer premio.

Entrevistas en radio, viaje a Barcelona con todos los gastos pagos,
regreso con gloria. Algunos viejos amigos los fueron a esperar a
Carrasco.

Tomás se sentía radiante, reivindicado con la vida. El premio en
metálico, era el equivalente a diez años del sueldo de ellos dos.
Algunas viejas amigas de Sara les organizaron un pequeño homenaje.

Dudaron en aceptar.

-¿Iremos?- Le preguntó Sara a su marido fingiendo una ansiosa
indiferencia.

-Vamos.- contestó su marido.- Hace tanto que no nos reunimos con
gente.- añadió simulando una indecisión que estaba lejos de sentir.
En realidad le interesaba menos que nada ir a reunirse con esa gente,
no por tanto por el resentimiento que podía haber sentido en su
momento por el abandono en que los dejaron cuando las cosas rodaron
mal, resentimiento que mal o bien poco a poco iba quedando atrás como
un mal sueño, sino más bien por cierto avergonzado desprecio hacia la
vanalidad de las antiguas amigas de su mujer, a las que recordaba
como un hato de cotorras preocupadas por despellejar a la que tuviera
la desdicha de faltar a la reunión.

Sara, con una sonrisa nerviosa, asintió agradecida y un tanto
confundida.

La reunión no estuvo tan mal. Las amigas de Sara omitieron
escrupulosamente cualquier referencia a los últimos tres años.
Elogiaron debidamente al escritor y prometieron alcanzarle los
ejemplares para que los dedicara ni bien la novela se publicara en el
país. Comieron canapés y tomaron clericó elaborado con vino del
bueno. Regresaron a la pensión a las cuatro de la mañana y en lugar
de dormir, se quedaron en la cama conversando, exhaustos y felices
con el giro que habían tomado las cosas. Con el último despojo de la
vigilia, acordaron alquilar un apartamentito.

Noviembre voló como una golondrina dando paso a un diciembre que se
vestía con sus mejores galas veraniegas. En el apartamento de San
José y Convención, Sara y Tomás preparaban las valijas para ir a
veranear a un chalet que habían arrendado en Punta Fría. Tenían ya
prontas cinco y aún le quedaba sobre la cama ropa como para llenar
por lo menos dos más.

Eran poco más de las siete de la tarde pero no tenían apuro. Aún
restaba una hora y media de sol por lo menos y a Tomás le encantaba
manejar por la noche. En la tevé, Vázquez Melo, con un camello de
peluche en una mano, un mantel a cuadros en la cabeza y señalando el
mapa meteorológico con una banana, anunciaba un diciembre
espectacularmente seco y caluroso. Ideal para la playa.

Sara no sabía donde meter el sombrero que se había comprado
especialmente para la ocasión. Tomás le sugirió que lo llevara puesto
y ella le aconsejó maternalmente que no fuera tarado, que como iba a
salir de sombrero de noche. ¿Querés que las vecinas piensen que estoy
loca?

A las diez de la noche, sacaron el coche de el garaje. El sereno los
saludó con la obligada gentileza habitual y Tomás rebuscando en el
bolsillo del saco, encontró entre la pelusa y alguna hebra de tabaco,
una moneda de cinco pesos. Se la dio deseándole feliz navidad.

Sara le reprochó el haber sido tacaño y su marido, por toda respuesta
se encogió de hombros mientras tomaba prudentemente la rampa de
ascenso hacia la calle. Ella se encogió de hombros a su vez y
encendió la radio.

La camioneta Ford iba atiborrada de pertenencias. El sombrero de Sara
cabalgaba sobre bolsos y valijas medio enganchado en el lente de la
cámara de fotos que se recostaba precariamente sobre el DVD portátil.

Tomaron San José hacia fuera y se perdieron en el tráfico.

En el apartamento prolijamente desnudo de los objetos más personales
del matrimonio, sólo quedaban los muebles y las cosas prescindibles.

Levemente matizada por el polvo del día, la máquina de escribir de
Tomás reinaba muda en la oscuridad y el silencio del comedor, como
una reliquia inútil entre los enseres olvidados.



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“No es bueno que manden en el Estado quienes no creen en él
”"Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante su presencia soberana"' José G. Artigas.


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